Triángulo

Por Horacio Corro Espinosa

La semana pasada comí en uno de esos restaurantes de moda. Mientras degustaba una rica milanesa, todos los comensales nos volvimos hacia la puerta por el aspecto de una pareja que acababa de entrar. Los vi llegar y estacionar la camioneta roja bajo la sombra de uno de los árboles del restaurant. Ellos iban impecables; ella parecía como salida de una revista de modas. Creo que todos, al igual que yo, nos imaginamos que se trataba de la pareja perfecta porque se les veía la felicidad encima.

La única mesa disponible era la que yo tenía enfrente. Durante un momento me sentí cohibido porque las miradas dirigidas a los recién llegados, me abarcaran también. No sé si se hayan dado cuenta pero cuando un hombre va acompañado de una bonita mujer, las miradas, en su mayoría, son para el hombre más no para la mujer; porque todos comienzan a imaginar a lo que se dedica el fulano. “Ha de tener mucho dinero por eso carga a esta mujer”, han de pensar algunos. Otros se dirán: “ha de tratarse de un hombre importante y próspero, o de un político”.

Las evidencias de él eran su ropa, el reloj que brillaba en su muñeca izquierda y el teléfono celular que sostuvo en la mano después de tomar asiento. Él, de fácil sonrisa, medio cachetón con su peinado hacia atrás y medio esponjado. Como la dama elegante me quedaba enfrente, noté el apresuramiento con que ponía su mano sobre la de su pareja. Cuando el mesero se retiró para dejarlos elegir con calma un aperitivo, los sorprendí besándose protegidos por el Menú. Me atreví a suponer que estaban celebrando algún aniversario y que se prometían un encuentro amoroso durante toda la tarde. Llegué a imaginarlos sonriéndose uno a otro mientras se deslizaban en las aguas de la alberca de su casa. Me reí al darme cuenta de que su aspecto me había hecho caer en una trampa, y que estaba convirtiéndolos en la “pareja feliz” que ilustran los anuncios de la televisión y las revistas de modas.

Ella tendría como unos 23 años, y él, fácil le doblaba la edad, La mujer se veía hermosa con su cabellera rubia, sus pestañas largas y su delgada ceja, pero él no parecía notarlo porque lo distraía a cada momento el timbre de su teléfono celular. Conforme se prolongaba la plática telefónica, la expresión de ella se iba haciendo más grave. El hombre se limitaba más bien a escuchar y a repetir algunas veces “okei, de acuerdo”, al tiempo que dirigía la mirada hacia su dama. Ella comenzó a poner cara de molestia. Lo supe por la forma en que sacó de su bolsa una polvera y se asomó al espejo en busca de alguna imperfección del maquillaje. La mujer siguió contemplándose aún después de que él terminó de hablar. Luego, el marcó un número y se disculpó. “Perdóname, tengo que hacer una llamada. Te prometo que será la última y después lo apago”.

Luego de hablar le dijo: “Luis, te manda saludos”. La frase devolvió a la chica su esplendor. Era evidente que se sentía reincorporada a la existencia de él y que por ese motivo era feliz. Pero desafortunadamente para ella, volvió a sonar el aparato. Creo que a partir de ese momento me preocupe mucho por ella.

El, conforme se prolongaba la conferencia se iba inclinando cada vez más como queriendo proteger la intimidad de la conversación. Concentrado en lo que escuchaba no se dio cuenta del momento en que ella le dijo: Juan, voy al tocador. Tomó su bolsa y se retiró de la mesa.

Cuando acabó de hablar, lo noté inquieto al no encontrar a su compañera. Supuse que a él le preocupaba como a mí la demora de ella. Acabe de comer y para entonces el hombre tamborileaba con impaciencia la mesa. De seguro estaba maldiciéndose por la descortesía de estar todo el tiempo hablando por teléfono, pensaba yo. Después de 30 minutos el ya tenía cara de huarache. Cuando yo ya iba de salida del restaurant, me dieron ganas de regresar a él para decirle: su acompañante se fue desde hace rato en una camioneta roja.

Twitter:@horaciocorro
horaciocorro@yahoo.com.mx

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