Redacción
En la Mixteca y la Cañada oaxaqueñas hay una acusación que se repite desde hace más de veinte años: avionetas no identificadas rocían sustancias sobre las nubes para impedir que llueva, presuntamente al servicio de empresas avícolas y porcícolas de la región.
El relato tiene una raíz simbólica profunda —la serpiente de lluvia que los códices mixtecos y chocholtecos registraron siglos antes de que existiera un solo motor de combustión— y un antecedente técnico real: los cañones antigranizo que Volkswagen y Audi instalaron en Puebla para proteger sus autos nuevos, permitidos por Conagua pese a que la propia UNAM los calificó de “acto de fe” sin respaldo científico, y que la Organización Meteorológica Mundial confirma que carecen de prueba científica de su impacto.
Que esa tecnología exista, sea opaca y las autoridades la hayan tolerado sin auditarla es lo que abona terreno fértil a la sospecha campesina, agravada por dos décadas de denuncias que ninguna autoridad se ha tomado la molestia de investigar a fondo.
La ciencia no respalda que sea posible disolver una nube de lluvia a voluntad con un avión ligero; la siembra de nubes que sí tiene sustento fue diseñada para provocar precipitación, no para robarla.
Pero descalificar el mito como superstición campesina sin más sería igual de irresponsable que validarlo sin pruebas: existe un antecedente documentado —Volkswagen— de una corporación extranjera modificando artificialmente el clima sobre territorio agrícola mexicano, con el aval tácito de la autoridad.
Mientras no haya un peritaje independiente y público sobre esas rutas de vuelo denunciadas, el mito seguirá creciendo, y con razón, porque el silencio institucional es, de todas las respuestas posibles, la más sospechosa.
